De invitada estrella a socia incómoda
En la toma de posesión de Donald Trump en enero de 2025, la única dirigente europea en la lista de invitados fue Giorgia Meloni, la primera ministra italiana de derechas. No era un detalle menor. Un mes antes ya se la había visto en París, en una conversación privada con Trump en el comedor del Elíseo, durante la ceremonia organizada por Emmanuel Macron para celebrar la reapertura de Notre Dame.
Desde el arranque del segundo mandato de Trump, Meloni fue presentada casi como la elegida, la líder europea con la que el presidente estadounidense aseguraba que podía trabajar para, según dijo, “enderezar un poco el mundo”. Cuando Meloni visitó la Casa Blanca en abril del año pasado, poco después de que Trump anunciara aranceles globales, él la definió con afecto como una “auténtica chispa”. No es exactamente el tipo de descripción que suene a diplomacia clásica, pero en esta historia tampoco abunda la sutileza.
Meloni aprovechó ese clima. Se presentó ante el exterior como la única europea capaz de rebajar la tensión de la guerra comercial de Trump. Llamó al presidente estadounidense “un hombre brillante” y llegó a afirmar que, con él, haría “grande otra vez a Occidente”.
El punto de ruptura
Un año después, esa cercanía está claramente agrietada. El detonante ha sido la guerra de Trump e Israel contra Irán.
“Cuando no estamos de acuerdo, debemos decirlo. Y esta vez no estamos de acuerdo”, dijo el fin de semana pasado durante su visita al Golfo, la primera de un líder occidental desde el inicio del conflicto.
A eso se sumó la negativa de las autoridades italianas, una semana antes, a permitir que bombarderos estadounidenses repostaran en una base militar del sur de Italia. Juntas, ambas decisiones son la señal más clara hasta ahora de que Meloni empieza a decirle que no a Donald Trump. Con voz baja, porque en política exterior siempre parece que el tono moderado cuenta como valentía.
Un puente que empieza a resquebrajarse
“Quiso desempeñar el papel de puente entre Trump y los aliados europeos, y al principio parecía una buena idea”, explicó Roberto D’Alimonte, profesor de ciencia política en la Universidad Luiss de Roma. “Pero ahora se ha convertido en un lastre y está intentando corregirlo”.
La guerra en Irán ha complicado mucho esa estrategia. Meloni no solo debe gestionar el coste político de alinearse demasiado con Trump, sino también el impacto económico de un conflicto en el que Italia no tuvo ni voz ni voto. Un detalle menor, si uno no vive dentro de una economía que se resiente cada vez que sube el precio de la energía.
Las encuestas muestran que una amplia mayoría de italianos rechaza la guerra en Irán, sobre todo por el alza de los precios energéticos que ha provocado. Además, la proporción de ciudadanos con una opinión positiva de Trump ha caído del 35 al 19 por ciento. Y con elecciones importantes en Italia el próximo año, ese cambio de humor no puede ignorarse así como así.
El mes pasado, los votantes acudieron en masa para rechazar un referéndum sobre reforma judicial impulsado por Meloni. Según los analistas, el voto no fue solo una respuesta al contenido de la reforma, sino también un castigo político a la propia Meloni y a su apoyo firme a un presidente estadounidense cada vez más errático.
Entre los jóvenes de 18 a 34 años, el 61 por ciento votó en contra de sus propuestas. Fue la primera gran derrota de Meloni desde que llegó al poder y ha liderado una coalición bastante estable, algo poco habitual en la política italiana, donde la estabilidad suele durar lo que un café mal cerrado.
“El resultado del referéndum se debe en parte a que muchos jóvenes votaron en contra, no tanto por el fondo del asunto como por la situación en Oriente Medio y por la falta de una crítica clara a la visión del mundo de Trump, que se apoya en la fuerza más que en el Estado de derecho”, dijo Ettore Greco, vicepresidente del instituto de estudios Istituto Affari Internazionali, con sede en Roma.
El coste económico también aprieta
Para Italia, el problema no es solo político. También es económico.
El país es especialmente vulnerable al aumento de los precios de la energía por el conflicto, que está sacudiendo los mercados de toda Europa. Italia es, después de Alemania, el segundo mayor consumidor de gas natural de la Unión Europea y depende de ese combustible para alrededor del 40 por ciento de sus necesidades energéticas. Al mismo tiempo, cerca de una quinta parte de las exportaciones energéticas mundiales está bloqueada en el Golfo, después de que Irán llevara el tráfico por el estrecho de Ormuz a una paralización casi total tras los ataques estadounidenses e israelíes.
La semana pasada, alegando las consecuencias de la guerra, el gobierno recortó fondos de un programa destinado a apoyar la inversión, lo que irritó a las empresas italianas. El Banco de Italia rebajó sus previsiones y calculó que la economía crecerá un 0,5 por ciento este año y también el siguiente. Y por si faltara presión, el instituto nacional de estadística de Roma informó de que el déficit del país superó el límite del 3 por ciento fijado por la UE, lo que impide a Italia salir del procedimiento de infracción que mantiene Bruselas y que habría dado a Meloni más margen fiscal antes de las elecciones del próximo año.
Distancia, pero sin ruptura
Aun así, esto no significa que Meloni vaya a cerrar del todo la puerta a Trump.
Su intento de mantener el equilibrio entre criticar la política exterior agresiva del presidente estadounidense y conservar una relación cordial con él ha quedado claro en sus declaraciones, siempre cuidadosamente medidas. A mediados de marzo, descartó enviar buques de guerra al estrecho de Ormuz pese a la petición de Trump, alineándose con otros países europeos. Pero tampoco ha condenado de forma frontal el conflicto liderado por Washington.
Salir del órdago de Trump no será sencillo.
“Es una mujer muy prudente, pragmática y con habilidad política”, señaló D’Alimonte. “No va a poner todos los huevos en la misma cesta. Seguirá caminando sobre la cuerda y se moverá más hacia sus aliados europeos, paso a paso, hasta poder tomar distancia sin romper la relación”.
Y así está la cosa: Meloni intenta alejarse de Trump sin hacer ruido, lo cual en la política internacional equivale a intentar cerrar una puerta que ya cruje bastante.



