Una carrera lunar que ya no suena a ciencia ficción

En la superficie de la Luna, cinco robots autónomos avanzan dejando surcos regulares sobre una capa suelta de polvo y roca. Se detienen solo para recargarse en una estación solar central y, mientras tanto, procesan el regolito en su interior para extraer helio-3, un isótopo tan escaso en la Tierra que un recipiente del tamaño de una mano se calcula que podría valer millones. Después, cargan el material en un lanzador y lo envían de vuelta al planeta azul. Bastante elegante para una actividad que, en esencia, consiste en abrir una cantera a 385.000 kilómetros.

La escena pertenece todavía al terreno de la visión, pero varias compañías ya están levantando dinero para explotar recursos de nuestro satélite. La carrera no va solo de llegar, sino de ser la primera en aprovechar lo que algunos presentan como el nacimiento de una economía lunar.

"No creo que la cuestión sea si ocurrirá, sino cuándo", afirma Rob Meyerson, fundador de Interlune, una empresa con sede en Seattle y una de las aspirantes del siglo XXI a prospectar la Luna.

Interlune y la apuesta por el helio-3

Meyerson trabajó en el programa del transbordador espacial y dejó la Nasa para ayudar a Jeff Bezos a convertir Blue Origin, que empezó como un experimento modesto, en un actor importante del sector aeroespacial. Ahora persigue una ambición situada a unos 385.000 kilómetros de distancia y ha logrado reunir 18 millones de dólares de inversión.

Su objetivo es el helio-3, un gas generado en el Sol y presente en cantidades traza en la Tierra. Durante miles de millones de años, el viento solar lo ha ido depositando sobre la superficie lunar. Se usa en imagen médica, pero también tiene propiedades que podrían ser valiosas en computación cuántica y, al menos sobre el papel, en la fusión nuclear.

La demanda crece, sostiene Meyerson, pero la oferta es mínima.

"Es un producto cuyo precio es lo bastante alto como para justificar viajar al espacio y traerlo de vuelta a la Tierra", dice.

La apuesta tiene lógica solo si la logística deja de parecer una broma pesada. Hace una década, una operación comercial para minar la Luna habría sido poco menos que una fantasía. Pero el acceso privado al espacio ha crecido con rapidez gracias a empresas como Blue Origin y su rival SpaceX, y eso ha hecho que el negocio fuera de la Tierra parezca, al menos, menos imposible.

La Luna vuelve a estar de moda

Después de 50 años sin visitantes humanos, la Luna ha regresado al centro de la atención. Esta semana, Nasa lidera una misión de sobrevuelo con astronautas, la primera que lleva humanos de vuelta desde 1972. Forma parte del programa Artemis, que la agencia espacial estadounidense imagina como el primer paso hacia una presencia humana permanente, incluida una base lunar.

China, por su parte, apunta a un alunizaje tripulado dentro de esta década.

Mientras tanto, las empresas privadas pesan cada vez más en el negocio de los satélites, y la exploración del espacio profundo vive una especie de segunda juventud. No exactamente el glamour de Apolo, pero sí suficiente dinero y ambición como para volver a intentarlo.

Varias misiones internacionales tienen previsto aterrizar en la Luna en los próximos años. Interlune no es la única interesada en el helio-3: la empresa japonesa ispace se ha aliado con la start-up estadounidense Magna Petra, que dice estar desarrollando un método "basado en IA" y "no destructivo y energéticamente eficiente" para recuperar helio-3 del regolito lunar.

Meyerson confía en una bajada de costes.

"Estamos apostando a que el acceso a la Luna se abaratará", asegura.

Geología, inversión y un socio muy lunar

Interlune cuenta con un aliado bastante singular: Harrison Schmitt, astronauta retirado de 90 años y presidente ejecutivo de la compañía. Schmitt fue el único geólogo que ha pisado la Luna, en la misión Apolo 17 de 1972, la última misión tripulada estadounidense en el satélite. También lleva décadas defendiendo la minería de helio lunar, desde los años ochenta.

Pero todo esto depende de una cuestión más prosaica que el entusiasmo tecnológico: si el regolito lunar contiene suficiente concentración de helio-3 como para que el negocio compense.

Angel Abbud-Madrid, director del centro de recursos espaciales de la Colorado School of Mines, resume el problema con una comparación muy poco romántica. Habla del "oro en el océano": el mar contiene millones de toneladas de diminutas partículas de oro, pero nadie se dedica a extraerlas. ¿Por qué? Porque están tan diluidas que el coste de obtenerlas ni se acerca al valor del metal.

Por eso Interlune enviará este año una cámara multiespectral al polo sur lunar en una sonda, para medir no solo la cantidad, sino también la concentración de helio-3.

El debate incómodo: ¿se puede explotar la Luna?

La nueva fiebre lunar también ha abierto una discusión menos cómoda. ¿Es ético extraer recursos de un lugar que sigue siendo, para mucha gente, un objeto de admiración y de significado cultural?

Abbud-Madrid recuerda que, cuando empezó a estudiar la minería espacial hace 25 años, predominaba el entusiasmo. Ahora, dice, crecen las preguntas sobre el impacto ambiental.

"La Luna ha sido un objeto de adoración durante milenios. Todas las civilizaciones la han visto como un lugar con connotaciones filosóficas y religiosas", afirma.

El profesor añade una diferencia importante entre la Luna y un asteroide:

"Puedes ir a un asteroide y destruirlo, hacer lo que quieras, porque es uno entre millones. Pero la Luna la ves cada noche. Entonces, ¿está bien? Es una pregunta muy válida, y hay que afrontarla en algún momento".

Interlune evita la palabra "minería", con su carga de devastación, y prefiere hablar de "cosecha". Según la empresa, ese enfoque abrirá un crecimiento e innovación sin precedentes en beneficio de la Tierra y de la humanidad. La formulación, por supuesto, ayuda bastante cuando se intenta que extraer recursos de un paisaje casi intacto suene como algo razonable.

Astrónomos y científicos también advierten de que estas operaciones podrían complicar futuras investigaciones desde la superficie lunar, un entorno extremadamente frío y aislado que se considera ideal para equipos sensibles. Han pedido proteger zonas concretas, llamadas sitios de extraordinaria importancia científica, entre ellas áreas de los polos y la cara oculta silenciosa en radio, que sería perfecta para observar el espacio profundo.

Martin Elvis, astrónomo del Centro Harvard-Smithsonian de Astrofísica, resume la petición con bastante moderación:

"No estamos pidiendo dejar fuera de límites media Luna ni una gran área para actividades comerciales o de exploración. Solo pedimos unos pocos lugares pequeños".

En un congreso astronáutico celebrado el año pasado, advirtió de que las zonas con recursos valiosos y escasos suelen ser un buen motivo para disputas y conflictos, y de que sigue sin resolverse una cuestión urgente: cómo proteger esos enclaves de forma adecuada.

El vacío legal y la nueva geopolítica lunar

A todo esto se suma el problema jurídico, que en el espacio tiende a llegar tarde y con expresión de culpabilidad. El Tratado del Espacio Exterior de 1967 deja claro que ningún país puede reclamar la propiedad de un cuerpo celeste como la Luna, pero no menciona de forma explícita las actividades comerciales.

Meyerson cree que hay sitio para empresas y científicos en esta nueva etapa lunar.

"La Luna es grande", dice, aunque también subraya que su equipo quiere operar "con cuidado, de una manera que deje el lugar para que pueda volver a usarse en el futuro".

La competencia, en cualquier caso, es global. China logró en 2024 traer muestras del lado oculto de la Luna con la misión Chang'e-6, y entre ese material había helio-3. Los medios estatales chinos dijeron después que los datos de la misión ayudarían a Pekín a estimar la cantidad total del isótopo en la Luna, al que describieron como una "fuente de energía del futuro".

Durante las próximas décadas, la Luna promete convertirse en una versión en miniatura de las tensiones de la Tierra. Rusia, Estados Unidos y China tienen planes ambiciosos para enviar de vuelta sondas y personas al satélite.

Y Meyerson no disimula que eso también forma parte del asunto.

"Estamos observando muy de cerca a países que quizá no piensan como nosotros, como China, que están actuando con muchísima energía", dice. "Creo que es importante que Occidente y Estados Unidos tengan presencia en la Luna".