La relación entre el Vaticano y Anthropic tomó forma pública cuando Chris Olah apareció como ponente en la ceremonia posterior a la histórica encíclica sobre IA del papa León, Magnifica Humanitas. El texto pedía “desarmar” la tecnología y ponía en duda la confianza casi automática del sector en que más potencia de cálculo equivale a más progreso humano. Para una industria aficionada a presentarse como inevitable, el mensaje fue poco cómodo. Para eso estaba pensado.

Por qué Chris Olah era un invitado improbable

Olah no encaja en el perfil clásico de portavoz vaticano. Es ateo, dejó atrás a los 15 años la educación cristiana evangélica con la que creció y fue becario de Peter Thiel, que ha descrito a quienes frenan el avance de la IA como legionarios del anticristo. Matiz delicado, por decirlo sin alarma litúrgica.

También es cofundador de Anthropic, una de las grandes compañías de inteligencia artificial, que según informaciones recientes prepara una salida a bolsa con una valoración cercana al billón de dólares. Es decir, no hablaba desde la barrera.

En el Vaticano, Olah reconoció la rareza de la escena. Dijo que podía sonar extraño oír a un cofundador de una empresa de IA afirmar que todos los laboratorios de frontera, incluida Anthropic, operan bajo incentivos y restricciones que a veces chocan con hacer lo correcto.

Ese era precisamente el punto útil para León: una advertencia sobre la IA suena distinta cuando la formula alguien que ayuda a construirla.

Qué busca la encíclica sobre inteligencia artificial

Magnifica Humanitas no pretende detener de inmediato la carrera hacia la inteligencia artificial general. Tampoco va a impedir que consejeros delegados anuncien despidos en nombre de la eficiencia, ni que los ejércitos abandonen de pronto las armas autónomas. La encíclica no funciona como interruptor de emergencia, por mucho que el Vaticano lleve siglos trabajando con símbolos.

Su objetivo es más lento: crear presión externa y fomentar contención interna. León sostiene que la industria necesita límites sociales, políticos y morales para evitar un daño amplio a la humanidad y una separación más profunda entre las personas y Dios.

El contraste con el relato dominante del sector es claro. Muchas empresas de IA hablan de abundancia, productividad y beneficios universales. El papa advierte de otra posibilidad: una nueva forma de servidumbre, con una minoría privilegiada disfrutando de una riqueza sin precedentes y una mayoría vigilada, medida y gestionada por sistemas diseñados para maximizar la eficiencia.

No es una previsión alegre. Tampoco intenta serlo.

Cómo llegó Anthropic al radar católico

El acercamiento no surgió en una semana. La Iglesia católica lleva décadas reflexionando sobre la inteligencia artificial mediante conferencias, libros y encuentros especializados. En 2016, el Vaticano empezó a organizar los Diálogos Minerva, con invitados del sector tecnológico como Reid Hoffman y Eric Schmidt.

El nombre procede de la iglesia de Santa Maria sopra Minerva, vinculada a un episodio bastante instructivo: allí fue sancionado Galileo por defender que la Tierra giraba alrededor del Sol. La historia de la relación entre autoridad, ciencia y prudencia institucional no empezó con los modelos de lenguaje.

En 2023, el papa Francisco ya había anticipado varios de los temas que después retomaría León: inclusión social, dignidad humana y diálogo entre partes con intereses muy distintos.

En 2025, un grupo de clérigos y especialistas católicos en ética de San José, California, empezó a buscar contactos en la industria tecnológica local. Olah era un candidato evidente: estaba dentro de Anthropic, tenía credenciales técnicas y era conocido por una sensibilidad poco habitual en el sector.

La constitución de Claude también pasó por San José

Dos figuras fueron centrales en ese acercamiento: Brian Patrick Green, especialista en ética, y Brendan McGuire, sacerdote. Ambos están vinculados a la Universidad de Santa Clara. Desde el otoño pasado mantuvieron reuniones con Olah sobre las implicaciones éticas y morales de la inteligencia artificial.

En enero llevaron a uno de esos encuentros al cardenal Paul Tigue, responsable de referencia del Vaticano en asuntos de IA.

La colaboración llegó incluso al documento interno que guía el comportamiento de Claude, el modelo de Anthropic. La compañía actualizó recientemente la llamada constitución de Claude, un conjunto de principios que define cómo debe responder el sistema. Olah envió un borrador al grupo de San José.

McGuire respondió con un comentario de 28 páginas. Según su propia descripción, no era una crítica técnica, sino una aportación desde “la sabiduría de los místicos de la Edad Media”, centrada en la tensión entre saber y no saber. Green y McGuire aparecen en los agradecimientos de esa constitución.

La maquinaria de gobernanza de la IA, por tanto, tuvo una pequeña parada en territorio teológico. Nadie dijo que la modernidad fuese ordenada.

Una invitación útil y también arriesgada

Es probable que esas conversaciones llevaran a Olah hasta quienes preparaban en secreto el lanzamiento de la encíclica de León. La invitación tenía riesgos evidentes.

Algunas personas que recibieron con entusiasmo el texto papal lamentaron que se diera espacio a un representante de la industria. Desde el otro lado, los aceleracionistas de la IA vieron a Olah como alguien que había traicionado al sector al apoyar un documento que sugería frenar el desarrollo.

Pero la elección tenía lógica. Olah puso en público una realidad que suele quedar dentro de las empresas: muchos trabajadores de IA tienen dudas serias sobre el rumbo de la tecnología. Para León, ese público es crucial. No basta con hablar a gobiernos, fieles o académicos si quienes diseñan los sistemas creen que el debate moral es una molestia externa.

La intervención de Olah ofreció una validación interna: los problemas no son fantasías de observadores alejados del código, los centros de datos o las hojas de cálculo de valoración.

Dónde chocan Olah y León

La coincidencia no es completa. Olah habló del misterio de cómo funcionan los modelos de IA. Dijo que son más sutiles, extraños y hermosos de lo que la ciencia ficción había preparado, y que no son los robots fríos y calculadores prometidos, sino sistemas hechos de nosotros, de nuestras palabras.

Esa formulación se acerca a una idea que el Vaticano mira con mucha cautela: la posibilidad de atribuir a los modelos un estatus parecido al humano. Anthropic incluso cuenta con una persona dedicada al bienestar de Claude, una señal de hasta dónde ha llegado el debate dentro de algunas empresas.

León, en el párrafo 99 de la encíclica, rechaza esa equivalencia. Advierte contra el error de confundir este tipo de “inteligencia” con la humana y dedica críticas específicas al transhumanismo, que define como la búsqueda de un híbrido entre ser humano y máquina.

Aquí la discusión será larga. Millones de usuarios ya tratan a los modelos de IA como amigos, confidentes o parejas. Al mismo tiempo, técnicos reflexivos como Olah empujan esos sistemas hacia mayores niveles de autonomía.

McGuire, que utiliza Claude para preparar homilías y otras tareas, resume la zona gris con prudencia: no es una persona, pero tampoco una mera herramienta. Nadie afirma que tenga alma, dice, aunque para él encaja mejor la palabra “entidad”, algo cuya naturaleza todavía no conocemos.

La conversación difícil empieza dentro de la industria

El debate sobre si una IA puede tener un estatus moral comparable al humano no se resolverá pronto. Las decisiones prácticas, en cambio, ya están aquí: qué se despliega, quién lo controla, qué incentivos mandan y qué daños se consideran aceptables en nombre del crecimiento.

Con Olah como interlocutor, el papa estadounidense ha abierto una vía hacia quienes construyen los sistemas desde dentro. No garantiza cambios. No obliga a Anthropic ni a sus competidores a reducir velocidad. No cancela ninguna salida a bolsa.

Pero sí establece una base para conversaciones más duras y menos decorativas. La condición, bastante exigente, es que los señores de la IA aparten la vista de sus campañas de valoración el tiempo suficiente para escucharlas.