El llamado fue claro y directo. En el caos posterior a los ataques estadounidenses-israelíes contra Irán, el expresidente Donald Trump expresó su apoyo a una posible ofensiva terrestre liderada por kurdos, declarando que estaría "totalmente a favor". Para los grupos organizados y experimentados de la oposición kurda iraní con base en el norte de Irak, fue un momento cargado tanto de posibilidad como de profundo peligro. Sin embargo, como revelan analistas, la respuesta ha sido de intensa vacilación, una pausa colectiva nacida de una historia brutal de promesas incumplidas y la naturaleza voluble de su supuesto aliado.
La incertidumbre no se trata solo de probabilidades militares—aunque estas son desalentadoras. Analistas estiman que los grupos kurdos combinados podrían reunir un máximo de 10.000 combatientes contra una fuerza terrestre iraní de alrededor de medio millón. El verdadero cálculo es político. La narrativa de Washington ha sido una niebla cambiante: desde el llamado de Trump a un cambio de régimen, hasta afirmaciones de que el ataque fue defensivo o forzado por Israel, pasando por la falta de un objetivo final claro. Para posibles aliados, esto no es una estrategia; es una incógnita. "Dadas las consecuencias", explica Kamran Matin, profesor de relaciones internacionales, "cualquier ofensiva kurda necesitaría el apoyo" del Gobierno Regional del Kurdistán (GRK) en el norte de Irak, que los alberga. Pero si Trump "declara la victoria a mitad de camino", advierte, Irán tendría "tanto los medios como el deseo de castigar" al GRK y su pueblo.
La sombra de traiciones pasadas
Para entender la cautela, hay que retroceder en el tiempo. La experiencia kurda con las operaciones estadounidenses es una crónica de esperanzas seguidas de abandono. En 1991, después de que el presidente George H.W. Bush pidiera una rebelión contra Saddam Hussein, los rebeldes kurdos respondieron—solo para quedar sin apoyo, lo que resultó en decenas de miles de muertes y desplazamientos masivos. Décadas después, los kurdos sirios se convirtieron en socios indispensables de EE.UU. en la lucha contra el ISIS, solo para ver cómo ese apoyo se evaporaba. En 2019, las retiradas parciales estadounidenses del norte de Siria expusieron a las fuerzas kurdas a una devastadora ofensiva turca, forzando evacuaciones y profundizando su aislamiento político.
Esta historia no es abstracta; es un trauma vivido que informa cada decisión. "Existe una esperanza cautelosa", dice la analista de seguridad kurdo-iraní Shukriya Bradost, de que EE.UU. respaldaría un movimiento kurdo iraní. "Sin embargo, también hay preocupación de que si Washington llega a un acuerdo con los elementos restantes del régimen iraní para poner fin a la guerra, los grupos kurdos podrían quedar nuevamente marginados". El temor es terminar solos, enfrentando a un gobierno central vengativo con las mismas políticas represivas, pero con menos amigos y más enemigos.
El cálculo de alto riesgo en el norte de Irak
El dilema no se limita a la estrategia rebelde; amenaza con desestabilizar toda una región. La mayoría de estos grupos de oposición—como el Partido Democrático del Kurdistán Iraní (PDKI) y Komala—operan desde la región kurda semiautónoma del norte de Irak, hogar de unos 5 millones de personas. El GRK ha dejado claro que "no quiere ser parte de una guerra con Irán". Como entidad no soberana, Bradost señala, es "uno de los primeros objetivos de las represalias iraníes", un hecho subrayado justo el viernes pasado cuando Irán lanzó ataques dirigidos al PDKI.
Irán ha advertido explícitamente de ataques generalizados en el norte de Irak si las autoridades locales no reprimen a estos grupos. El GRK recuerda que después del referéndum de independencia kurda de 2017, Washington finalmente respaldó al gobierno central iraquí y a las milicias alineadas con Irán que actuaron contra áreas kurdas. "Debido a esta historia", afirma Bradost, "existe una profunda cautela sobre involucrarse". El costo potencial no es solo para los combatientes en la línea del frente; es para millones de civiles atrapados en el fuego cruzado de un conflicto que no eligieron.
Un momento de debilidad sin precedentes—y oportunidad
Sin embargo, latiendo bajo la cautela hay una poderosa sensación de que este momento es diferente. La República Islámica está posiblemente en su punto más débil en décadas. Años de conflicto regional, una guerra importante con Israel en junio de 2025 y la actual campaña aérea devastadora han disminuido su poder. Dentro de Irán, las protestas masivas de enero que dejaron miles de muertos revelaron una ira profunda y generalizada hacia el estado. Para los grupos de oposición que han luchado durante medio siglo contra la República Islámica (y 50 años antes bajo la monarquía Pahlavi), la tentación es inmensa.
"La desconfianza es muy real", dice Hemn Seyedi de la Universidad de Exeter, "pero esta podría ser la oportunidad que han estado esperando". Él cree que muchos dentro de Irán apoyarían una rebelión kurda. La reciente formación de la Coalición de Fuerzas Políticas del Kurdistán Iraní—un foro de coordinación anunciado justo días antes de que comenzaran los ataques estadounidenses-israelíes—sugiere que los grupos se están preparando para algo. "Todo lo que estoy escuchando", añade Seyedi, "sugiere que podríamos ver algo en los próximos días".
La decisión que estos grupos están sopesando trasciende una simple alianza militar. Es un ajuste de cuentas cultural y político. Se trata de si la oportunidad de golpear a un adversario debilitado, en una región transformada por el conflicto, vale la pena apostar por un socio cuyo historial está escrito en promesas rotas. Están atrapados entre el trauma de la historia y la tentadora y peligrosa posibilidad de reescribirla. Al final, su elección no será solo sobre confiar en Trump; será una apuesta sobre si esta vez, la historia termina de manera diferente.