El agua que mantiene en pie ciudades enteras

En 1983, la inteligencia americana ya lo había dejado claro: el recurso más importante del Golfo no era el crudo, era el agua potable obtenida por desalación. Hoy esa advertencia suena igual de vigente y preocupante.

Qué pasó la semana pasada

Un ataque con drones alcanzó una planta de desalación en la isla de Qeshm, en el estrecho de Ormuz. Las acusaciones cruzadas no se hicieron esperar: Irán apuntó al gobierno norteamericano; Estados Unidos negó cualquier responsabilidad; y, al otro lado del Golfo, Bahréin dijo que una de sus plantas había sido dañada y señaló a Irán como responsable. Parecía que estábamos al borde de un intercambio de golpes sobre lo más sensible que tienen estas sociedades: su agua.

Por qué estas plantas importan más de lo que imaginamos

  • La lluvia en la región es escasa y los grandes ríos, prácticamente inexistentes.
  • Desde los años 50 la demanda creció mucho; acuíferos se sobreexplotaron y la solución fue la desalación.
  • Hoy, la dependencia es enorme: alrededor del 70% del agua potable en Arabia Saudí viene de la desalación; en Omán alcanza el 86%; en Emiratos Unidos es el 42%; y en Kuwait llega al 90%. Incluso Israel obtiene la mitad de su agua potable de plantas costeras.
  • La región produce cerca del 40% del agua desalinizada del mundo, con una capacidad combinada aproximada de 28,96 millones de metros cúbicos al día.

En palabras de especialistas, muchas ciudades modernas del Golfo simplemente no funcionarían sin esas plantas. Y eso convierte a las instalaciones en objetivos de alto impacto: un golpe certero a unas pocas plantas grandes podría dejar a poblaciones enteras sin agua potable en cuestión de días.

Consecuencias humanitarias y ambientales

Más allá de la obvia escasez, los daños pueden causar vertidos peligrosos. Equipos y productos químicos usados en los procesos de tratamiento, como hipoclorito de sodio, cloruro férrico o ácido sulfúrico, podrían liberarse si una planta sufre un ataque, con efectos ambientales y sanitarios.

¿Por qué los ataques se detuvieron?

Tras los incidentes iniciales, no se registraron más ataques a plantas. Un posible motivo es la contención estratégica. Atacar instalaciones de agua supone golpear infraestructura civil crítica y eso puede provocar consecuencias humanitarias graves, condena internacional y una escalada del conflicto que nadie quiere ver.

Un experto en hidroinformática señaló que, aunque es una palanca de presión efectiva, su uso sería arriesgado para cualquiera que lo emplease: las repuestas diplomáticas y militares podrían ampliarse y el daño social sería inmediato.

Irán también tiene su propia crisis de agua

Conviene recordar que Irán no es inmune. El país enfrenta sequías severas, sobreextracción de acuíferos y ríos con caudales cada vez más bajos, problemas que muchos expertos atribuyen en buena parte al cambio climático y a prácticas insostenibles. Atacar la infraestructura hídrica iraní podría empeorar aún más su situación interna.

Una amenaza que queda en suspenso

En los 80 hubo promesas formales de no atacar plantas de desalación; hoy no está claro si esos compromisos siguen en pie. La retórica se ha endurecido: tras advertencias de intensificar los ataques, la respuesta oficial de parte del parlamento iraní fue que responderían con la misma lógica, ojo por ojo sobre la infraestructura.

La realidad es incómoda y simple: la desalación es la arteria vital del Golfo. Cualquier intento serio por dañarla tiene el potencial de crear una crisis humanitaria rápida y visible. Por ahora, la contención parece haber ganado la partida, pero la fragilidad estructural sigue ahí, esperando el próximo temblor político.

Pequeño recordatorio sin glamour: sin agua no hay ciudad que aguante. Ni selfies, ni rascacielos, ni turismo de lujo.