Un retrato poco amable de Sam Altman
The New Yorker ha publicado un reportaje de enorme tamaño sobre Sam Altman, consejero delegado de OpenAI, y sobre una cualidad que ya le persigue con insistencia: su credibilidad. El texto cita a varias personas que lo acusan de mentir con una regularidad poco compatible con la imagen de visionario confiable que la empresa ha intentado vender durante años. Qué sorpresa, desde luego, que en el ecosistema de la inteligencia artificial aparezcan dudas sobre la honestidad de sus figuras más visibles.
El artículo, de unas 16.000 palabras, repasa episodios que ya habían sido ampliamente comentados, pero les da nuevo contexto. Entre ellos están la breve destitución de Altman en 2023 y su regreso posterior a OpenAI, su enfrentamiento con Elon Musk y el desmoronamiento de su papel público como defensor de una IA centrada en la humanidad y la seguridad. Esa imagen ya chirriaba bastante al principio; hoy, vista junto a su condición de aliado de Trump orientado al beneficio y a su reciente acuerdo con el Departamento de Guerra de Estados Unidos, la contradicción resulta todavía más difícil de maquillar.
La propuesta más incómoda
La parte más llamativa del reportaje llega cuando entra en escena una idea interna que, por lo menos sobre el papel, parece escrita por un antagonista de videojuego con demasiado presupuesto.
Después de que Page Hedley, entonces asesor de políticas de OpenAI, presentara vías para evitar una carrera armamentística global en materia de IA, Greg Brockman, presidente de OpenAI y gran donante de Trump, habría planteado justo lo contrario. Según The New Yorker, la idea consistía en que OpenAI pudiera enriquecerse enfrentando entre sí a potencias mundiales, incluidas China y Rusia, quizá provocando una puja competitiva entre ellas.
Jack Clark, que era director de políticas de OpenAI cuando se discutió esa posibilidad y que ahora dirige esa área en la competencia, Anthropic, describió la lógica de forma bastante cruda. Dijo que se trataba de un dilema del prisionero en el que todos los países tendrían que financiar a la empresa, lo que implícitamente convertía dejar de hacerlo en algo peligroso. Una forma elegante, si se quiere, de convertir la geopolítica en mecanismo de captación de fondos.
Más contexto sobre la burbuja de la IA
El reportaje no se limita a ese episodio. También amplía la mirada sobre el papel de OpenAI dentro de la gran burbuja de la IA y sobre la reputación de Altman entre sus pares. En conjunto, el texto pinta una imagen bastante menos heroica que la que la industria suele ofrecer de sí misma cuando no está pidiendo dinero, poder o ambas cosas a la vez.
No es, por tanto, una lectura hecha para reforzar la fe en los líderes del sector. Sí sirve para recordar que la narrativa de la “IA para el bien de la humanidad” llevaba tiempo mostrando costuras, y que algunas ya se ven desde lejos, sin necesidad de buscar demasiado.