Que un antiguo ministro de New Labour sea quien se ponga a explicar por qué el populismo de derechas crece puede sonar a broma. En 2010 él dejó una nota famosa para su sucesor en Hacienda: "I’m afraid there is no money" (me temo que no hay dinero). Esa frase se convirtió en chiste y argumento político durante años, ayudó a justificar la austeridad y, según muchos, alimentó la desconfianza hacia la política convencional que ahora alimenta al populismo.

Una especie de mea culpa, con consejos

El libro es corto y ambicioso, una mezcla de intento de reparación y manual urgente. A veces suena como el mismo político veloz e impaciente de antes: frases cortas, confianza y ecos de centros políticos y think tanks moderados. Su tesis central suena familiar para los que han leído ideas de centro: hay que respetar a los votantes populistas y ofrecerles respuestas que no los insulten, incluso si sus creencias son equivocadas. Esa estrategia de apaciguamiento ya resulta discutible cuando fuerzas como Reform UK suben en las encuestas y muchos votantes populistas ven a los laboristas con desprecio.

También hay un interés autobiográfico: el autor sigue siendo diputado con una mayoría pequeña en un distrito donde el populismo tiene fuerza. Eso podría explicar parte de su tono conciliador. Pero aceptar sin más algunas creencias populares que no se ajustan a la realidad, como la idea de que la inmigración está subiendo cuando los datos muestran lo contrario, parece ingenuo y peligroso.

Donde el libro brilla

No todo es palabrería. Hay capítulos con análisis originales y numerosas imágenes irónicas que alivian la lectura. Enumera las contradicciones del populismo con claridad: es antiélite pero a menudo financiado por gente rica; se presenta como un levantamiento popular pero saca partido de bajas abstenciones; habla de libertad pero propone medidas autoritarias; promete un futuro glorioso, pero su visión social está empapada en nostalgia.

Un capítulo útil disecciona el lenguaje populista. Mientras los políticos tradicionales tienden a hablar en largos enunciados vacíos, los populistas usan una sintaxis más informal y verbos contundentes que apelan a una visión competitiva del mundo. En sus palabras: suenan como amigos y, al mismo tiempo, hablan como generales. Esa claridad emocional conecta con votantes cansados del discurso tecnocrático.

El autor no se queda en Westminster: cita influencias históricas como Gramsci y se permite referencias culturales diversas, desde la ciencia ficción distópica hasta revistas independientes. Esa mirada fuera del circuito oficial le da frescura al libro.

Lo que falta y por qué importa

Sin embargo, el libro tiene omisiones importantes. Trata al populismo como, esencialmente, un fenómeno de derechas. El populismo de izquierdas apenas aparece, a pesar de ejemplos recientes que han conseguido avances reales en algunos lugares. Tampoco explora con la misma intensidad la movilización callejera y otras respuestas sociales que han enfrentado a formaciones populistas.

Estas ausencias no son inocentes. Ignorar a la izquierda y su potencial para confrontar al populismo permite a los centristas minimizar el papel de la desigualdad en el auge de la política populista. Es más cómodo centrarse en la identidad cultural o la nostalgia que en admitir que la política económica dominante y la austeridad han dejado a mucha gente con pocas opciones.

Las recetas practicables

En la última parte aparecen propuestas concretas para lo que el autor llama "el centro radical". Algunas ideas prácticas que propone son:

  • Desenmascarar más agresivamente la moral oligárquica de muchos líderes populistas.
  • Endurecer las normas sobre financiación política que permiten a ciertos partidos beneficiarse de vacíos legales.
  • Centrar los esfuerzos en recuperar a los votantes populistas menos dogmáticos.
  • Subir impuestos a los más ricos para financiar servicios públicos y alinear el código fiscal con un supuesto código moral ciudadano.

La propuesta fiscal es, en términos prácticos, una de las más honestas: reconocer que el sistema de impuestos no refleja la moral colectiva y usar esos recursos para arreglar servicios públicos dañados.

¿Bastará para derrotar al populismo?

Probablemente no. El populismo está arraigado y tiene una dimensión global. No obstante, el autor tiene razón en que incluso reducir su apoyo unas pocas décimas puede impedir que llegue al poder. Y eso compraría tiempo para que surgieran respuestas más profundas desde la izquierda, el centro o desde movimientos sociales.

En resumen: el libro no es la panacea ni un manifiesto revolucionario. Es, eso sí, una mezcla útil de autocrítica, diagnóstico certero del lenguaje populista y recetas prácticas que los moderados deberían tomar en serio, aunque les cueste admitir su parte de culpa en la desafección social.